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lunes, 29 de diciembre de 2025

NUEVO NÚMERO DE EL MENSAJERO DE LA LUNA

 

Amigos de la Sociedad Lunar Argentina;

Nos despedimos del 2025 compartiendo un nuevo número de “El Mensajero de la Luna”, la revista de la Sociedad Lunar Argentina y la Sección Lunar de la Liga Iberoamericana de Astronomía.

En el número 59 podrán encontrar las distintas secciones de nuestra revista: las numerosas actividades de noviembre y diciembre, las últimas imágenes de nuestros miembros;  en Crónicas Lunares recordemos cómo Cristóbal Colón utilizó un eclipse lunar para salir de una situación crítica, en Selenología compartimos artículos de Marcelo Mojica y Alberto Anunziato, en Traducciones traemos un texto los desafíos que plantean a las misiones lunares el peligroso polvo lunar y cerramos con Luna de Papel y un polémico poema lunar del poeta italiano Salvatore Quasimodo.

Link para ver y/o descargar:

https://drive.google.com/file/d/1FPe1RrZSfzyq2olBRR5XeZlwRpMioXxq/view?usp=sharing

Todos los números de “El Mensajero de la Luna”:

https://archive.org/details/@sociedad_lunar_argentina

 


lunes, 22 de diciembre de 2025

DORSUM REINER

 


Traducción del texto aparecido en la edición de diciembre 2025 de “The Lunar Observer”

Con La Luna en cuarto creciente (colongitud 60.1) y el terminador pasando por Reiner Gamma, se puede observar que el cráter Reiner (un cráter del período Eratostheniano, de 30 kilómetros de diámetro) es atravesado por un dorsum. Reiner aparecía bastante espectacular. Las descripciones de Elger (“The Moon”) y Garfinkle (“Luna Cognita”) nos recuerdan algunas de las características visibles en la imagen que compartimos: “un borde muy elevado con terrazas” (Elger). “El manto de eyección tiende a extenderse hacia los lados sureste y noroeste del cráter. Las paredes aterrazadas parecen brillantes y empinadas”. Ya Elger había sido preguntado por la relación entre cráteres y dorsa: “Es una peculiaridad sugerente de muchas de las crestas lunares, tanto en los maría como en otros lugares, que generalmente se encuentran asociadas con cráteres de todos los tamaños. Ejemplos de este hecho ocurren casi por todas partes. Con frecuencia se encuentran cráteres pequeños en las cimas de estas elevaciones, pero con mayor frecuencia en sus flancos y cerca de su base. Donde una cresta cambia repentinamente de dirección, un cráter de cierta prominencia generalmente marca el punto, formando a menudo un nodo o cruce de otras crestas, que así parecen irradiar desde él como centro. A veces se introducen dentro de las montañas anulares más pequeñas, atravesando huecos en sus paredes, como, por ejemplo, en los casos de Madler, Lassell, etc.”

Seguramente, el dorsum que atraviesa Reiner se formó con posterioridad al cráter. Curiosamente, tanto Elger como Garfinkle solamente identifican como dorsum la parte sur: “Una cresta larga se extiende hacia el sur desde el pie de la pared sur” (Elger); un amplio dorsum platicúrtico se extiende hacia el sur desde el manto de eyección hasta el cráter fantasma Reiner R (Garfinkle). El «dorsum platicúrtico» se refiere a un dorsum formado por arco y cresta. IMAGE 1 está por el registro de nuestra observación visual y un detalle de la imagen que se encuentra en la página 360 del Volume 2 de “Photographic Moon Atlas for Lunar Observers” de Kwok Pau (al que no nos cansamos de agradecer por sus imágenes, que nos ayudan a entender la topografía de los dorsa). Tanto visualmente como en la imagen de Kwok parece haber dorsa tanto al norte como al sur de Reiner, aunque tienen estructuras diferentes. El “Map of Lunar Wrinkle Ridges” del LROC Quickmap confirma que hay dorsa a ambos lados de Reiner. El dorsum que se extiende al sur de Reiner tiene una estructura formada por un arco estrecho y 3 pequeñas crestas aisladas situados alternadamente en ambos márgenes del arco. El tramo norte, que no mencionan Elger ni Garfinkle, es distinto: el arco es mucho más anchos y no se ven indicios de cresta. Curiosamente, visualmente el arco se veía bastante más ancho. Los cráteres al norte de Reiner son (de norte a sur): Reiner L (6 kilómentros de diámetro), Reiner H (8 kilómetros de diámetro) y Marius X (5 kilómetros de diámetro). Al lado de Marius X (a la izquierda, oeste) se veía bastante claramente un dormo casi solapado con el cráter. En la imagen de Kwok a la derecha se ven varios domos que visualmente no alcancé a observar: al sureste de Marius X, al sureste de Reiner H y al este de Reiner L. Visualmente, estos 3 cráteres parecían estar dentro del ancho arco del dorsum al norte de Reiner, mientras que en la imagen de Kwok Reiner L está dentro del arco que parece terminar en Reiner H y Marius X está fuera.

Name and location of observer: Alberto Anunziato (Paraná, Argentina).

Name of feature: REINER

Date and time (UT) of observation: 2025-11-02 23.35-23.55 UT

Size and type of telescope used: 105  mm. Maksutov-Cassegrain (Meade EX 105) .

Magnification: 154X


lunes, 15 de diciembre de 2025

NÚMERO ESPECIAL DEL MENSAJERO DE LA LUNA: LA MESETA DE ARISTARCHUS

 

Amigos de la Sociedad Lunar Argentina;

Compartimos un número especial (el número 58) de nuestra revista dedicado a la Meseta de Aristarchus, “la zona más inusual de la Luna”. Esta expresión de Chuck Wood no es exagerada. La Luna es un lugar increíble, pero la Meseta de Aristarchus es súper increíble. En un lugar relativamente pequeño se concentra una serie increíble de accidentes selenográficos: el súper brillante cráter Aristarchus y su compañero Herodotus, la rima más espectacular de la Luna, Vallis Schroteri, junto con varias como Rima Agricola, domos, dorsa. La zona tiene además una rica historia observacional, seguramente determinada por ser el lugar con más Fenómenos Lunares Transitorios registrados.

Links para ver y/o descargar:

https://drive.google.com/file/d/1GtM8mVd8n5WSMz5DDlCp4mSz9gxBGOfL/view?usp=sharing

Todos los números de “El Mensajero de la Luna”:

https://archive.org/details/@sociedad_lunar_argentina


lunes, 8 de diciembre de 2025

EL NACIMIENTO DEL MITO DEL VOLCÁN ARISTARCHUS. TRADUCCIÓN DEL CAPÍTULO 23 DE “SELENOGRAPHIA” DE JOHANNES HEVELIUS

 

Por Alberto Anunziato

Traducción del texto aparecido en la edición de diciembre 2025 de “The Lunar Observer”

En el número anterior de The Lunar Observer publicamos un dossier sobre la meseta de Aristarchus en la sección Focus On, y nos referíamos a la larga tradición que consideró por mucho tiempo que Aristarchus era un volcán activo (con varias erupciones reportadas, la más conocida es la de Herschel). Me pareció interesante rastrear el origen de esta concepción volcánica de un lugar de la Luna que (al fin de cuentas) es la región volcánica por excelencia. El origen está en el primer autor que escribió sobre Aristarchus en el primer texto astronómico con una descripción sistemática de la Luna: “Selenographia” del polaco Johannes Hevelius, publicado en 1647. Para ello intentamos una traducción del capítulo 23, en el que se discurre sobre Aristarchus, al que Hevelius consideró una montaña y la llamó Mons Porphyrites.

La descripción de Aristarchus es funcional en Hevelius para demostrar su tesis de que las montañas lunares varían en su composición (habían pasado pocos años y observaciones desde la primera observación galileana). Partiendo de que la Luna era similar a la Tierra, trató de suplir con inferencias derivadas de ese paralelismo los datos que le faltaban. Las similitudes con la Tierra explican la tesis central del capítulo 23 (que es el que intentamos traducir): las peculiaridades de Aristarchus (o Mons Porphyrites) la hacen distinta como montaña de las demás montañas lunares. Si vemos la nomenclatura de Hevelius en su mapa de la cara visible (IMAGE 1), en realidad Hevelius se refiere la meseta de Aristarchus con el nombre de Mons Porphyrites (nosotros usamos la nomenclatura de Ewn Whitaker, y por eso nos referimos a Aristarchus y no Aristarchus Plateau, como quizás sería mejor). El rasgo que más impresiona a Hevelius como diferente de Aristarchus Plateau respecto a otras montañas lunares es su color entre dorado y rojo intenso, que otros observadores han confirmado posteriormente (en las imágenes fotográficas como IMAGE 2 aparece más oscuro que el resto, como siempre lo he visto yo). No sabemos si fue el color “igneum” de la meseta de Aristarchus, o la similitud visual que tiene el cráter Aristarchus, con sus bandas oscuras y luminosas, con el interior de un volcán, lo que llevó a postular a Hevelius que se trataba de un “mons quod ignem alat perpetuum”. Después de todo, ¿un volcán no se vería así en la superficie de la Luna, con Aristarchus como su cráter perpetuamente ardiendo?

 

Compartimos la traducción, que nos pertenece y, obviamente, es provisoria, hasta que haya una de mejor calidad. El texto de “Selenographia” que utilizamos es que puede consultarse aquí: https://www.e-rara.ch/zut/content/titleinfo/160230

Capítulo XXIII

De la Luna Gibosa creciente.

De la misma manera que la materia del globo terrestre, que está compuesto en parte por montes y valles y en parte por llanuras, en absoluto se pueda considerar que es homogéneo por naturaleza y calidad en todas sus partes, tampoco lo debería ser la materia opaca de la Luna o Antichtona (1) (pues la comparación es perfectamente razonable). Verdaderamente, los montes, valles (2) y llanuras lunares son muy diferentes de acuerdo a su materia, algunos parecen ser pétreos, otros arenosos; los cuales, a su vez, difieren entre sí, perteneciendo a diversas especies, por ejemplo, algunos están formados de arenas pálidas, otros de arenas rojizas, etc. Para que no parezcan sueños de quien duerme o alucinaciones de quién vela, mostraremos que esto se debe ciertamente a una causa racional, en este y otros capítulos demostraremos este punto con razones precisas y fáciles de seguir. Aunque confieso que yo mismo me siento bastante audaz, pues emprendo una obra de tan grandes proporciones, al intentar discurrir de cosas lejanas, y en tiempos pasados inauditas, a veces me parece que fuera a discurrir sobre la quintaesencia de los peripatéticos. Sé que me adentro en una cuestión ardua, pero, con observaciones certeras y experiencia ocular, no tengo dudas de que saldré airoso.

(1) “Antichtona” o “Antitierra” es el nombre que usa Hevelius para resaltar la similitud entre ambos mundos, que es la tesis central de “Selenographia”: “Sin dudas, es lícito llamar “Antichtona” a la Luna cuando es tan similar en muchas partes a nuestra Tierra” (página 225 de “Selenographia”.

(2) Cuando en Hevelius leemos “valles” debemos entender “cráteres” (la palabra “cráter” es posterior, fue acuñada por Von Schröter).

En primer lugar, ya me referí en parte del capítulo 8 a que hay diversos tipos de zonas pétreas y rocosas entre los montes lunares: en ese lugar decía que no es contrario a la razón que todos los valles, que hasta cierto momento no difieren en forma y figura entre sí, con la primera luz del día, es decir, con Luna creciente, parecen estrecharse visualmente. Los montes y zonas escarpadas son pétreos, ciertamente hay montes arenosos, no se alzan igualmente escarpados hacia lo alto, más bien son quebrados y su cima tiene forma de punta. Por esta razón, los valles cerca y al pie de las montañas son más estrechos que cerca de su cima, de manera que necesariamente en las fases de luna creciente decrecen, mientras que en las fases menguantes crecen.

Luego, existe otra razón, que me parece igualmente creíble y convincente, para justificar que existen zonas rocosas y zonas arenosas en la Luna. Hay valles y montes, que seguramente no son más altos que los demás y que, sin embargo, exceden a todos los demás en claridad y esplendor durante el plenilunio, como entre otros (3) Mons Aetna (Copernicus), Mons Insula Cretae (Bullialdus), Mons Sinai (Tycho), Montes Insula Besbice (Manilius) y otros. Sostengo que son de naturaleza luminosa, más aptos, a causa de su mayor solidez, para reflejar los rayos solares y generar luz más potente. Sostengo además que los montes lunares formados por arena o barro no podrían reflejar tan eficazmente los rayos solares, mientras que estos valles y montes lunares se ven siempre luminosos y más brillantes que los demás. Por ello, los valles y montes lunares, como los de nuestro globo terrestre, están compuestos de diferentes materias. Digo, una vez más, que los que son más brillantes que los demás son de naturaleza pétrea, pues su masa más sólida refleja más fuertemente la luz y los rayos solares, mientras que los de materia menos dura se verían menos luminosos, como en la parte relativa a la óptica se demostró abundantemente.

(3) Para los nombres modernos de los nombres utilizados por Hevelius en “Selenographia” usamos el “Appendix E. Hevelius’s Nomenclature” (Ewen A. Whitaker's Mapping and Naming the Moon: a History of Lunar Cartography and Nomenclature, APPENDIX E, pages 201-208).

Si se piden otras razones por las que algunos valles son más brillantes que otros, una seguramente es que hay valles más profundos y valles más elevados, y entre los que son más elevados hay variedad de brillo por los montes que circundan (de diferentes inclinaciones), por ello es que los valles más claros son los cercanos a Aetna, Creta, Sinai, etc. Para entender mejor, pido se considere esto: no todos los valles con profundidades similares tienen el mismo brillo en plenilunio, como la Insula Major Caspii (Langrenus), Mons Serrorum (Aristoteles), Mons Carpates (Eudoxus), etc. Estos montes están entre los más altos, lo que se comprueba en la primera y última aparición, cuando el límite entre luz y sombra está en su máxima cercanía con ellos. Sin embargo, las zonas oscuras que en ellos se ven bien pueden ser pantanosas, boscosas o de vegetación de baja altura (y por ende aparecerán más oscuras que las circundantes). Y las zonas más luminosas bien pueden tener predominio de yeso, que reflejaría más brillo que las zonas oscuras cercanas. Si así fuera, sería evidente lo que afirmo: las zonas montañosas de la Luna son diversas entre sí.

El primer monte en surgir en esta fase en la superficie de la Luna es sin dudas Mons Porphyrites (Aristarchus) en el Mar Eoo (parte occidental de Procellarum), sobre la isla Cercinnam (el limbo de Kepler), que confirma claramente que las montañas difieren muchísimo entre sí de acuerdo a su materia. Y este Monte Porphyrites no dudo que se compone o bien de tierra rojiza (similar al Porphyrites que se encuentra en Egipto, cuyo nombre usamos para el que se encuentra en la Luna) o bien, lo que parece más adecuado, de una materia pétrea o sulfúrea. Por cierto, estoy seguro que sustenta en su interior un fuego perpetuo y por ello pertenece a la especie de los montes ígneos como entre nosotros son el Etna, Hecla, Vesuvio y otros. Sostengo esto, ciertamente, no por una razón intrascendente sino porque en cualquier fase de la Luna, siempre observé que Mons Porphyrites es muy claramente luminoso, siempre con el mismo color y brillo no comparable a los demás montes existentes en el hemisferio lunar, menos brillantes. Su color es azafranado, levemente amarillo, o dorado, o rojo intenso (4); este color es natural y permanente (pues permanece desde el primer al último día sin variaciones, lo que puede comprobar cualquier observador dotado con un buen telescopio). Por esta causa, no queda otra alternativa que afirmar que Mons Porphyrites está formado por rocas o arenas rojas o que en él arde o se derrama un fuego perpetuo; y si debemos asimilar las cosas terrestres (porque otros datos no tenemos para comparar), la analogía es muy pertinente.

(4) Siempre es difícil traducir los nombres de los colores del latín, ya que no hay coincidencia total entre la paleta de tonalidad de nuestros colores con las tonalidades de los colores romanos. Por ello, explicito mi traducción: “su color es azafranado (“croceum”), levemente amarillo (“subflavum”), o dorado (“aureum”), o rojo intenso (“igneum”).

Por todo esto, como esta apariencia no puede de ninguna manera atribuirse a una alucinación o a una distorsión del telescopio, ya que claramente aparecía mi vista y la vista de los demás que hicieron el experimento, la gran diferencia entre Mons Porphyrites y las otras montañas lunares, con cualquier telescopio que se utilice. Por ello, se deduce que ciertas montañas lunares, están compuestas de diversas piedras, arenas o barros, e incluso algunas ser ígneas, como Mons Porphyrites, y lógico es deducir que haya muchas otras similares (entre las que están las que mencionamos en la parte final del capítulo 13), de la misma forma y naturaleza, aunque por ser de menor altura o menos inclinadas no son tan conspicuas. Además, lo que es más notable es que este Mons Porphyrites es evidentemente distinto a los otros montes lunares por su forma. En su centro aproximado parece tener un cuerpo redondo, del que hacia el sur surge un cuerno ligeramente curvado. Hacia arriba (al norte) se ve un cuerno similar al primero, pero separado completamente del cuerpo medio, de manera que, por ese intersticio, como si fuera parte del mar, se puede ver claramente (5). Además, hay otro monte, llamado Pyramis (Montes Spitzbegen), cerca de Monte Argentarium (Archimedes), al lado de un promontorio del Mar Mediterráneo lunar (Mare imbrium, Nubium y parte oriental de Oceanus Procellarum), que tiene una forma similar a una pirámide (de ahí su nombre). Nada similar a estas tres montañas encontrarás buscando diligentemente en cada fase en la cara visible de la Luna.

(5) En IMAGE 2 marcamos los “cuernos” a los que se refiere Hevelius, el primero es parte de las eyecciones brillantes de Aristarchus, el segundo es Vallis Schröteri.



IMAGE 1: SELENOGRAPHIA

IMAGE 2:

Name and location of observer: Sergio Babino (Montevideo, Uruguay).

Name of feature: Kepler.

Date and time (UT) of observation: 03-08-2020 01:29

Size and type of telescope used: 203 mm. catadrioptic.

Filter (if used): None.

Medium employed (for photos and electronic images): ZWO 174 mm.


martes, 25 de noviembre de 2025

Por qué Observar la Luna en fase llena - II

 

(Marcelo Mojica - Club de Astronomía Icarus)

 

Un viaje entre luces, sombras y misterio

Observar la Luna es, desde tiempos antiguos, un acto profundamente humano. No importa cuántos telescopios modernos fabriquemos ni cuánta ciencia sepamos: cuando la luz plateada del satélite se derrama sobre nosotros, sentimos una mezcla de asombro, quietud y una especie de llamado interior difícil de explicar. En las fiestas de las estrellas, donde compartimos telescopios con el público, esa emoción se hace evidente. Siempre, sin excepción, alguien pregunta: “¿Y cómo se ve la Luna llena?” Y entonces explicamos que, la fase creciente es la mejor para apreciar los relieves lunares, pero la Luna llena también tiene secretos que solo ella puede revelar.

En fase creciente —especialmente entre el cuarto creciente y la gibosa creciente— el famoso “terminador”, esa línea que separa noche y día en la superficie lunar, proyecta sombras largas sobre cráteres y montañas. Esas sombras actúan como pinceles que delinean cada relieve, permitiéndonos ver profundidad, altura y textura. Es por esto que los aficionados solemos recomendar verla en estas fases: el paisaje lunar cobra vida tridimensional. Sin embargo, la historia no termina ahí. La Luna llena, tan criticada por los astrónomos aficionados por “aplanar” la superficie con su iluminación frontal, esconde detalles que ninguna otra fase permite ver con tanta claridad.

Primero están los rayos, esas líneas luminosas que irradian violentamente desde algunos cráteres jóvenes. En fases de iluminación oblicua suelen perderse entre sombras y contrastes, pero en Luna llena se vuelven espectaculares. El mejor ejemplo lo encontramos en Tycho, Fig.1, ubicado en el hemisferio sur lunar, aproximadamente a unos 43° de latitud sur y 11° de longitud oeste. Su sistema de rayos es el más extenso y brillante de toda la superficie visible: una explosión congelada en el tiempo. Durante el cuarto creciente sus bordes aparecen nítidos y profundos, pero los rayos no se aprecian del todo. Solo cuando la Luna está completamente iluminada, Tycho despliega su corona blanca, como una estrella incrustada en el suelo selenita. [1]



Fig.1.- Se observa Tycho, sus rayos y los círculos concéntricos claros y oscuros.  Refrc. 72mm APO

Otro gigante es Copérnico, Fig.2, situado cerca del centro-oeste lunar, alrededor de 10° norte y 20° oeste. En fase creciente —especialmente unas dos noches después del primer cuarto— Copérnico es una obra maestra de luces y sombras: sus paredes en terrazas y su pico central resaltan con un relieve impresionante. Pero en la Luna llena ocurre algo distinto: Copérnico parece brillar con una energía propia. Sus rayos cortos pero intensos y el brillo de su entorno lo convierten en uno de los cráteres más llamativos del disco lunar, incluso con binoculares. [1]



Fig.2.- Se pueden observar los cráteres Kepler, a la izquierda, y Copernico con sus rayos.  Mak de 90mm

Más hacia el oeste encontramos Kepler, Fig.2, ubicado cerca de los 8° norte y 38° oeste. Kepler es más pequeño que Copérnico, pero sus rayos son extraordinariamente luminosos. En fase creciente se aprecia como un cráter definido, con un interior oscuro y bordes brillantes; sin embargo, en la Luna llena sus rayos resaltan con una claridad casi simbólica, como si alguien hubiera derramado tinta blanca desde su centro hacia los mares circundantes. [1]

Mención especial merece el par de cráteres Messier y Messier A, situados en el Mare Fecunditatis, Fig.3, a unos 2° sur y 48° este. Se trata de una pareja intrigante: dos cráteres elongados y asimétricos que parecen haber sido formados por impactos rasantes. En fase creciente, cuando el terminador los ilumina de lado, se revelan sus peculiares formas alargadas, como marcas de garras sobre una superficie suave. Pero es en Luna llena cuando se produce la verdadera sorpresa: desde estos cráteres emerge una doble estela brillante, un par de rayos paralelos que se extienden hacia el este con una simetría que desconcierta al observador. Estos rayos apenas se insinúan en creciente o menguante, pero en Luna llena aparecen como trazos nítidos y fantasmales. [1]


Fig.3.- Al centro del Mar de la Fecundidad son noto-rios los cráteres Messier y Messier A (que parece un cometa con cola).
  Mak 90mm

Todas estas estructuras —Tycho, Copérnico, Kepler, Messier…— nos recuerdan que la Luna no es un simple disco luminoso, sino un mundo antiguo moldeado por fuerzas violentas. Cuando la vemos en creciente, la Luna nos habla del relieve, de la altura, de la topografía. Cuando la vemos en llena, nos habla del tiempo geológico, de explosiones colosales y de materiales eyectados que viajaron cientos de kilómetros.

Durante nuestras observaciones públicas, solemos jugar con esta dualidad. Mostramos los cráteres primero entre sombras y luces, explicando cómo la oblicuidad de la luz solar resalta las paredes, suelos y picos centrales. Luego invitamos a comparar ese mismo paisaje bajo la luz frontal de la Luna llena. Algunas personas se sorprenden al notar que ciertos detalles desaparecen, pero otros surgen con intensidad: los relieves se aplanan, sí, pero aparecen patrones de albedo que revelan la composición superficial y la historia del impacto.  En especial, y debe ser mencionado, que los bordes de los cráteres están perfectamente delineados cuando nuestro satélite natural se muestra en fase de llena. Fig4.



Fig.4.- Región central de la Luna ("Bahía del Medio”) mostrando la forma de los cráteres. Mak 90mm

A pesar de todo el análisis, nunca falta el toque místico. Cuando la Luna llena se asoma en el ocular, la gente suele guardar silencio. Tal vez porque ese brillo total nos recuerda a las antiguas leyendas, o quizá porque la iluminación completa crea un efecto de perfección circular que toca algo profundo en nuestra mente. Es un instante en que la ciencia conversa con la emoción, y en esa conversación todos salimos ganando.

Para las imágenes que acompañan este artículo utilicé dos telescopios, un Refractor Sky-Watcher Evostar APO de 72mm de apertura y una focal de 420mm con barlow 2X y un Maksutov Meade, de 90 mm de apertura y 1200mm de focal, equipado con un compresor 0.5X Orion para ampliar el campo y capturar regiones más extensas del disco lunar. Estos pequeños instrumentos, compactos y accesibles, demuestran que no se necesita un gran observatorio para adentrarse en los secretos selenitas. Basta un poco de paciencia, un cielo despejado y el deseo de asomarse a otro mundo.

Observar la Luna —ya sea en creciente, llena o menguante— es volver a conectar con la esencia misma de la astronomía: mirar arriba para comprender abajo. Cada fase nos regala un paisaje distinto, una historia distinta, una emoción distinta. La Luna creciente nos muestra la forma; la Luna llena nos revela el brillo. Ambas se complementan, como dos capítulos de un mismo libro arcano.

Por eso seguimos mirando la Luna. Por eso seguimos invitando a la gente a mirarla. Y por eso este artículo se titula: “Por qué Observar la Luna en fase llena - II”: porque siempre hay un nuevo motivo para volver a levantar la vista hacia la luz que desde hace milenios acompaña nuestras noches.  Y lo mejor es que cada mes tenemos la oportunidad de hacerlo.

Bibliografía

1.      Virtual Moon Atlas V8.2.  Freeware

viernes, 21 de noviembre de 2025

NUMERO 57 DE "EL MENSAJERO DE LA LUNA"


 

Amigos de la Sociedad Lunar Argentina;

Compartimos un nuevo número de “El Mensajero de la Luna”, la revista de la Sociedad Lunar Argentina y la Sección Lunar de la Liga Iberoamericana de Astronomía.

En el número 57 podrán encontrar las distintas secciones de nuestra revista: las numerosas Actividades del mes de octubre, con las últimas imágenes de nuestros miembros;  en Crónicas Lunares recordemos la fallida observación cometaria de la misión Apolo 13, en Selenología compartimos artículos de Marcelo Mojica y Alberto Anunziato, en Galería Planetaria tenemos imágenes de Júpiter y Saturno; en Traducciones traemos un texto sobre la posibilidad de que una vieja sonda soviética sea una luna artificial de nuestro planeta y cerramos con Luna de Papel y los emocionantes recuerdos de Borges sobre la llegada de Apolo 11 a la Luna.

Link para ver y/o descargar:

https://drive.google.com/file/d/1L-0cAwJROCNqRzXuQSvOCQYxeh61s73E/view?usp=sharing 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

DORSUM VON COTTA AND DORSUM OWEN UN POCO LEJOS DEL TERMINADOR

 

Traducción del texto aparecido en la edición de noviembre 2025 de “The Lunar Observer”

Ya terminaba la noche de observación lunar y descubrí en Mare Serenitatis, no lejos del notorio cráter Sulpicius Galus, un dorsum que se veía no muy nítidamente, pero bellamente delineado, que descubrí era Dorsum Von Cotta, que corre un trecho considerable (183 kilómetros) de norte a sur, y como dos elevaciones más suaves se veía Dorsum Owen. El terminador pasaba por el vecino Mare Imbrium, a una distancia (unos 200 kilómetros) en que los dorsa difícilmente se ven con la nitidez con que se veían ambos dorsa paralelos (colongitud 357.4º).

La IMAGE 1 es una combinación del sketch de la noche de observación y la imagen que extraje (una vez más) del Photographic Lunar Atlas for Moon Observers de Kwok C. Pau (página 247 del Volume 1). No registré la totalidad de Dorsum Von Cotta, sino la zona que marqué en la imagen del Atlas.

Por supuesto, el registro visual de la forma, en la imagen de la derecha de IMAGE 1 es menos preciso, ya que visualmente los dorsa siempre se ven más curvos y sinuosos de lo que realmente son (imagen de la izquierda). De norte a sur observé 5 zonas brillantes en Dorsum Von Cotta. En el extremo norte se veían dos crestas muy prominentes. La segunda (de norte a sur) incluso lanzaba una leve sombra interna sobre el arco del dorsum. En el centro visualmente Dorsum Von Cotta se veía interrumpido, en la imagen de la izquierda se ve que es una zona muy baja de la topografía. A la derecha (oeste) se ven los dos arcos que componen Dorsum Owen, proyectando sombras muy leves. No se trata de un dorsum (“dorsum” es singular en latín) sino de dos dorsa (“dorsa” es plural), por lo que el nombre de Dorsum Owen es incorrecto. En el catálogo de wrinkle ridges del Lunar Reconnaissance Orbiter Quickmap aparecen como dos dorsa separados.

Una última curiosidad, Dorsum Owen empieza, o parece empezar, desde lo que ha sido denominado como “cráter” Aratus CA. Con el terminador más cerca, se puede ver visualmente a Aratus CA como una hondanada de forma extraña, no circular. IMAGE 2 es una captura de pantalla del Lunar Reconnaissance Orbiter Quickmap de Aratus CA. La verdad… no parece para nada un cráter de impacto, ni siquiera parece un cráter. Sin dudas, un accidente lunar muy interesante que merece una pequeña investigación.

 


Name and location of observer: Alberto Anunziato (Paraná, Argentina).

Name of feature: DORSUM VON COTTA-DORSUM OWEN

Date and time (UT) of observation: 2025-09-28 23.35-23.50 UT

Size and type of telescope used: 105  mm. Maksutov-Cassegrain (Meade EX 105) .

Magnification: 154X